El Mojón con cara

Cuentos Costumbristas Cruceños… como los contaba mi Tía Cielo
El Mojón con cara

El Mojón con cara

A veces, cuando la tarde se pone pesada y el calor cae como si el aire se hubiera quedado dormido sobre el patio, me acuerdo de mi infancia y de la casa donde crecimos. Era una casa grande, con corredor ancho, horcones de madera y gallinas caminando como si fueran las dueñas del lugar.

A esa hora de la siesta no se escuchaba casi nada, solo algún perro que ladraba lejos y el zumbido de los insectos en el monte.

En esas largas tardes, cuando el sol pelaba y el barrio se quedaba en silencio, no había nadie con quién jugar pelota.

Eran tiempos en los que no había celular, ni tablet, ni televisión en cada cuarto.

Los niños de la casa nos tirábamos en el piso fresco del corredor, mirando el techo, esperando que algo pase.

Y casi siempre, pasaba algo.

Mi Tía Cielo salía con su abanico, se sentaba en su mecedora de mimbre y nos miraba con una sonrisa, como si ya supiera que estábamos esperando que empiece una historia.

Se abanicaba despacito, miraba hacia la calle de tierra como si estuviera viendo el pasado, y nosotros ya sabíamos que venía cuento.

Entonces ella decía:

—Cuenta la leyenda, en mi Santa Cruz de antaño…

Y así empezaba la historia.

Allá a mediados del siglo dieciocho, cuando Santa Cruz era chiquita y el monte empezaba donde terminaban las últimas casas, vivía una muchacha llamada Rosa.

Aunque casi todos le decían Rosita.

Era bonita, de esas que todos miraban cuando pasaba por la plaza o cuando iba a misa los domingos. Tenía el cabello oscuro y largo, y una risa que se escuchaba desde la otra acera.

Decían que se llamaba Rosa porque era hermosa como esa flor, pero también tenía su carácter cuando algo no le gustaba.

La rosa es bonita, pero muestra sus espinas a quien no sabe cómo tratarla.

Un domingo de misa, al salir de la iglesia, Rosa cruzaba por media plaza junto a su madre, como siempre. La gente salía conversando, los hombres se sacaban el sombrero para saludar y las mujeres caminaban despacio bajo el sol de la mañana.

Al otro lado de la calle estaba Alejandro. La vio pasar y se quedó mirándola, como si el mundo se hubiera quedado quieto por un instante. Rosa también lo vio.

Dicen que hay miradas que duran un segundo, pero cambian la vida para siempre.

Desde ese día, Alejandro empezó a buscar cualquier excusa para pasar por esa calle, y Rosa empezó a demorarse un poquito más cuando salía al corredor.

Aquella bella muchacha era muy cuidada por su madre. La señora decía que su hija no se iba a casar con cualquier camba, que tenía que ser un hombre con plata, con tierras, con ganado o con negocio. Porque, según ella, el amor no llenaba la olla.

Pero Rosita ya se había enamorado de Alejandro, un mozo bien parecido y medio osado, trabajador y de palabra firme. No tenía mucha plata, pero era de esos hombres que no le corren al trabajo ni a la vida.

Y eso, aunque la madre no lo quería ver, valía más que muchas monedas.

Fueron largos los días y aún más largas las noches.

Algunas noches, Alejandro se animaba a cruzar la calle solo para pararse frente a la casa, aunque no la viera. Él sabía que ella estaba ahí, al otro lado de esa pared.

No podían hablar, no podían verse, pero se sentían.

Y a veces, cuando la casa se quedaba en silencio, Rosa apoyaba la mano en la pared. Y quién sabe… tal vez, del otro lado, Alejandro hacía lo mismo.

Pero el amor, cuando es de verdad, no se rinde así nomás.

Alejandro empezó a pararse en la esquina de la casa, frente a la acera norte, y de ahí no se movía. Desde la mañana hasta la tarde, bajo el sol que partía la tierra. Ahí estaba, parado como poste, esperando que Rosita apareciera, aunque sea un ratito en el corredor.

En esos tiempos, en las esquinas de Santa Cruz se plantaban troncos de cuchi para que los carretones no se llevaran las casas cuando doblaban muy cerrado. Eran palos gruesos, duros, de esos que ni el machete quiere entrar fácil.

Cada vez que la madre de Rosita salía y lo veía ahí, se enojaba más.

¡Otra vez ese mojón con cara! —decía con desprecio.

Lo decía para burlarse de él, para hacerlo sentir poca cosa, como si fuera solo un palo más en la esquina. Pero Alejandro no era hombre de rendirse ni de enojarse por palabras. Al contrario, agarró el insulto y lo convirtió en idea.

Como tenía horas y horas de espera, sacó su trasao, ese machete que los cambas de antes llevaban siempre al cinto, y empezó a tallar el mojón de cuchi.

Esa madera de cuchi, durísima, de esas que no se dejan trabajar fácil… pero Alejandro era terco. Día tras día, mientras esperaba ver a Rosita, le fue dando forma al palo. Primero marcó los ojos, después la nariz, después la boca.

Con paciencia, porque el que quiere de verdad no se rinde, le fue dando forma hasta que el mojón ya no era solo un tronco, sino una cara mirando hacia la casa de Rosita, como si él mismo se hubiera quedado ahí para siempre, esperando.

Dicen que una madrugada, cuando los gallos recién empezaban a cantar y el cielo todavía estaba medio oscuro, la madre de Rosita se levantó para ver a su hija. La cama estaba vacía.

La mujer salió rápido a la calle, pensando que la encontraría hablando con el fulano en la esquina. Pero no había nadie.

Rosita se había escapado con Alejandro la noche anterior. Se habían ido lejos, a buscar un lugar donde nadie los vigilara ni les dijera cómo tenían que vivir.

La señora se quedó sola en la esquina, frente al mojón tallado. Y dicen que la cara de madera parecía mirarla como sonriendo, como sabiendo que el amor había ganado.

Mi Tía Cielo decía que ese mojón estuvo muchos años en esa esquina. La gente pasaba, lo miraba, y siempre había alguien que volvía a contar la historia del mojón con cara y la del hombre que convirtió un insulto en recuerdo para todo un pueblo.

Con los años arreglaron las calles, cambiaron las esquinas y el mojón original desapareció.

Pero la historia no se perdió, porque la gente la siguió contando. Y dicen que muchos años después, don Lorgio Serrate, alcalde de la ciudad, mandó a poner otro mojón en esa esquina, porque hay historias que ya son parte del pueblo.

Y cuando una historia se sigue contando, nunca se muere.

Recuerdo que cuando mi Tía Cielo terminó ese cuento, se quedó un rato callada, abanicándose despacio y mirando el patio, como si también ella estuviera viendo al mojón sonriente.

Después nos dijo:

—Escuchen bien, mijos. En la vida a veces a uno lo insultan, lo menosprecian o le ponen obstáculos. Pero el que quiere de verdad y no se rinde, el que lucha por sus ideas, siempre triunfa.

Nosotros nos quedamos callados, pensando en ese hombre parado bajo el sol, tallando la madera mientras esperaba a la mujer que amaba.

Ahora que soy grande entiendo que esos cuentos no eran solo para entretenernos en las tardes de siesta.

Eran para enseñarnos a tener paciencia, a no rendirnos y a no avergonzarnos cuando alguien se burla de nosotros.

Y así recuerdo yo esas tardes: el corredor, el calor, las gallinas en el patio, el ladrido de los perros y la voz de mi Tía Cielo contándonos historias, mientras la tarde se iba volviendo noche en Santa Cruz, como se fueron yendo tantas cosas de esos tiempos.

Dicen que los mojones se clavaban en la tierra para que nadie olvide dónde pasó algo importante.

Y ese mojón, el de la esquina René Moreno y Republiquetas, no marcaba un camino…
marcaba una historia de amor.

Una historia de amor infinito.

***

Esta obra forma parte de la compilación
“Cuentos Costumbristas Cruceños… como los contaba mi Tía Cielo”.

Texto, adaptación e ilustraciones: Richard Osinaga Muñoz.
Edición literaria: Alejandra Villa González.

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